Televisión

Stranger Things: La nostalgia sobrenatural que nos hacía falta


¿Resta algo que decir acerca de Stranger Things? La miniserie de Netflix, que engalana las pantallas caseras durante un estiaje alarmante en la cartelera cinematográfica, no deja acumular tanto elogios como uno que otro detractor. El trancazo nostálgico que recurre a una estética ochentera se halla en boca de todos: desde listas inabarcables con referencias y homenajes; antologías musicales a falta de un soundtrack oficial; afiches, fan art y demás expresiones de apropiación personal que presagian el nacimiento de un culto a corto plazo.

Y no es para menos. Los hermanos (Matt y Ross) Duffer le dieron al clavo al plantear una historia que cumple los cánones dictados durante los años 80, período clave para la industria creativa con influencia determinante incluso hasta nuestros días. Si bien es cierto que su desarrollo esquemático y exploración mínima fuera de los límites preestablecidos le restan puntos, el encanto particular que germina desde el primer capítulo revela un discurso propio más allá de la añoranza desatada por acumulación.

Los ingredientes que perfilan una trama llena de misterio, horror y aventura no podrían ser mejores: Hawkings, Indiana: un pequeño pueblo del Medio Este norteamericano, de ambiente rural donde la rutina anquilosa a sus habitantes. Nada relevante había sucedido ahí hasta la noche del 6 de noviembre de 1983 cuando el niño Will Bayers desaparece sin dejar rastro. A partir de entonces la intriga y paranoia invade a los habitantes del poblado, quienes afrontan el terrible suceso desde tres ángulos distintos: la infancia, la adolescencia y la edad adulta. Etapas de la vida que ayudan a descifrar o desmitificar los códigos de una década que se asoma en nuestro horizonte como último eslabón de retrospectiva posible.

 

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De alguna forma el 2016 resulta un año propicio para el coctel ochentero que nos ofrece Stranger Things. El abanico de generaciones enganchadas a la serie va desde quienes vivieron su infancia durante aquel lapso, los que apenas conservamos una pizca de su memoria y aquellos que no tienen más remedio que descubrirla a través de productos culturales. La indagación en los recuerdos es el motor principal de la serie: la evocación de instantes, melodías e imágenes que suponíamos perdidas de pronto emergen con una claridad tan inesperada como reconfortante. La transparencia de sus referencias permite una conexión emocional instantánea.

Las trampas de la mente conservan nuestros recuerdos más lustrosos de lo que en verdad fueron y deseamos que así permanezcan. El vínculo entre la serie y el espectador no habría sido el mismo sin el exquisito trabajo fotográfico de Tim Ives y Tod Campbell: Interiores y exteriores; libertad y reclusión; vigilia y soñolencia; contrastes permanentes en donde el control sobre la luz es de capital importancia. Habría que subrayarlo, aunque matizada, la serie contiene escenas de oscuridad plena y existe cierta maestría técnica para retratarla.

La experiencia sensorial continúa con los sintetizadores de Kyle Dixon y Michael Stein (SURVIVE) quienes adoptan influencia de John Carpenter o bien se permiten reinterpretar a John Williams con la mítica escala musical de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. La secuencia de títulos, alabada por profesionales de diseño como “porno tipográfico”, nos sumerge en el mundo analógico en el que se desarrolla la historia. El arsenal tecnológico del que se valen los protagonistas para desentrañar la misteriosa desaparición de Will Byers (al estilo Goonies) va desde rudimentarios Walkie Talkies, cámara réflex, teléfonos de línea fija, hasta la flamante radio de onda corta. Suena prehistórico el asunto, pero así giraba el mundo no hace mucho.

 

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La recreación ambiental echa mano de la añeja práctica del mixtape con una selección de pistas notable. No es casual que el primer aspecto que sobresale al mencionar a los 80 se la música: The Clash, The Dawn, Joy Division, New Order, Peter Gabriel, ¡Vangelis! La edición del soundtrack oficial ya fue confirmada y cada minuto hasta su eventual lanzamiento es una agonía perpetua. No dudo que todo haya estado fríamente calculado para provocar tales grados de ansiedad en los espectadores por obtener una copia, ya que la norma dicta que la banda sonora acompañe a la producción en paralelo. El placebo hasta ahora son las listas de reproducción digitales y uno que otro montaje extendido del tema original de la serie.

¡Por elogios no paramos! El casting es otro de sus mayores aciertos: desde jóvenes promesas insertas en la tropa infantil y juvenil; revelaciones inesperadas: Millie Bobby Brown en el papel de Eleven; así como retorno de luminarias remotas en roles protagónicos: su majestad Winona Ryder, ni más ni menos. Sin dejar de mencionar simpatías espontáneas por parte de la fanaticada hacia el personaje de Barb Holland (Shannon Purser), ejemplo claro de la naturalidad y realismo que transmiten todos los personajes y la proyección de los espectadores a través de ellos, ya sean centrales, secundarios o incidentales.

No cabe duda que nos encontramos ante el hito televisivo de la temporada. Su efervescencia continúa tan fresca como el día de su lanzamiento. Casi a diario la serie ocupa un sitio relevante en los sitios especializados y redes sociales, lo que habla del contundente éxito y una promisoria longevidad en el futuro próximo. Quizá ni los propios creadores se imaginaban un recibimiento tan desbordado, lo cierto es que hace un mes vivíamos en un mundo sin Stranger Things y desde hace tres semanas se ha convertido en parte indispensable de nuestras vidas. Algo tenía que encender con júbilo este verano, ¿no?

 

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