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¿Qué súper-héroe te gustaría ser? (Una reflexión sobre Superman 80 años después de su creación)


Imaginen a un niño, hijo de madre soltera, sin hermanos, introvertido, al que molestan en la escuela. Él es pequeño, flaco, debilucho. Quienes lo molestan son más grandes, más fuertes. A pesar de eso, del miedo, sigue yendo a la escuela. No le dice nada a su mamá porque no quiere preocuparla. Se traga todo lo que le está sucediendo. Por las noches, el pequeño lee cómics. Sueña con poder volar para irse lejos, sueña con tener súper fuerza para poder vencer a todos sus enemigos; sueña con ser el héroe que defienda a todos los niños que no tienen a nadie que los defienda.

Si le preguntamos ¿qué súper-héroe te gustaría ser?, con seguridad contestará que Superman. Todos los niños conocen a Superman aunque nunca hayan leído sus cómics. Y no importa que fuera creado hace 80 años, sigue estando tan vigente, tan fuerte, como en el primer momento en que vio la luz.

Jerry Siegel y Joe Schuster eran dos jovencitos pobres y marginados que se conocieron en el Glenville High School. Ambos con personalidades y gustos similares, con temores y deseos parecidos, y se hicieran amigos. Ambos fanáticos de la ciencia ficción y la aventura, ambos repartidores de periódicos que soñaban con escribir y dibujar cómics. Y de ese deseo de escapar de la marginación y la pobreza es que nació la inspiración para que juntos crearan a Superman. De ahí que Superman pueda volar y tenga súper fuerza y sea el protector de aquellos a quienes nadie defiende. Un hombre bueno al que nadie puede dañar.

Lo anterior es, con toda seguridad, lo que ha vuelto universal a Superman. Representa lo que en el fondo a todos nos gustaría ser. ¿Quién no quisiera rescatar personas en desgracia y remover escombros para salvar víctimas de terremotos? ¿Quién no quiere salvar gatitos que se han quedado atascados entre las ramas de un árbol? Superman, a pesar de ser tan norteamericano, nos gusta en el resto del mundo por los valores que representa. Nos gusta porque podemos aprender algunas cosas de él.

Podemos aprender de su humildad. No importa que sea la persona más poderosa del mundo, Superman no quiere dominar la tierra (aunque podría hacerlo). Incluso enemigos menos poderosos (aunque muy inteligentes) han querido apoderarse de nuestro planeta, pero jamás nuestro héroe. A Superman tampoco le interesa ser reconocido, ni mucho menos ser famoso (el ejemplo más claro de esto es que se oculta bajo la fachada de un perdedor de la talla de Clark Kent). Y aún sin buscarlo es de los más populares. Pero por sobre todas las cosas, Superman jamás ha dejado de ser un hijo ejemplar. Se toma tiempo para visitar a sus padres y ayudarlos con la granja y solicitar consejo. Y antes de despedirse le pide un beso a su madre. Al final del día, lo que más le importa es su familia. Yo creo que cuida del mundo porque quiere que exista un lugar tranquilo en donde sus seres queridos puedan vivir.

 

 

Superman es también, hasta cierto punto, un marginado. El último hombre de su raza, el último kriptoniano. Un extraterreste, un extranjero. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido así en alguna etapa de nuestra vida? Todos sabemos lo que es ser “el chico nuevo de la escuela”, ese que aún no tiene amigos. La soledad de sentirse rodeado de personas que no son como nosotros. Joe Schuster nació en Canadá y emigró a los Estados Unidos; los padres de Jerry Siegel llegaron de Lituania huyendo del antisemitismo. Ambos fueron jóvenes solitarios rodeados de gente diferente. Una cualidad que supieron inyectarle a Superman. Es una ironía que sea precisamente un inmigrante el mayor símbolo protector de los Estados Unidos de Norteamérica. Un “alien”.

¿Qué súper-héroe te gustaría ser? Esa ha sido una de las preguntas más difíciles que me han hecho en una entrevista de trabajo. Es también la pregunta más difícil que hago cuando tengo que entrevistar candidatos a un puesto dentro de la empresa. No hay una respuesta correcta, pero el 90% de las ocasiones los candidatos contestan que Superman.

Ahora imaginen a un hombre de 50 años, sobreviviente de un terrible accidente automovilístico, que se alista para correr su primer maratón. Se ha preparado por meses, corriendo todos los días. Le sudan las manos. A su alrededor cientos de otros corredores esperan el disparo de salida. Falta poco, su corazón late con intensidad. Debajo de su número de competidor lleva una playera color azul con el escudo rojo y amarillo de Superman. De alguna manera, eso le da fuerza. Él se siente Superman. Cuando en 1938 Siegel y Schuster crean a Superman, eligen para él los colores azul y rojo. El azul representa tranquilidad, paz espiritual, un color que nos hace sentir cómodos. Mientras que el rojo suele ser utilizado por la realeza y representa dinamismo y calidez. Los colores no fueron elegidos al azar.

El niño que tiene miedo de ir a la cama y que sólo duerme con su pijama de Superman, el hombre que se disfraza del héroe para ir a visitar enfermos al hospital, el que en lugar de la imagen de un santo trae colgado al cuello una imagen del kriptoniano; ese es el verdadero peso cultural del personaje que hoy estamos celebrando. Superman nos ayuda a enfrentarnos a nuestros miedos, nos vuelve poderosos, nos inspira a ser más fuertes. Ese es su verdadero legado y la razón por la que hoy sigue estando vigente. Porque esos valores son mucho más profundos que cualquier otra cosa.

Desde caricaturas hasta series de televisión, desde lapiceros hasta cuadernos para iluminar, desde murales hasta zapatos, no hay un área de la vida en la que no podamos encontrar algo relacionado con Superman. Y siempre que vemos el azul y el rojo combinados, aunque sólo sea un manchón en alguna pared, es inevitable pensar en el extraterrestre protector de nuestro planeta. Mucha tinta y papel se ha utilizado para hablar de él; mucha más se utilizará en el futuro. Es inagotable. Su impacto en nuestras vidas va mucho más allá de los cómics y de los productos: se ha convertido en un símbolo de fortaleza.

Azul y rojo, esos son, y siempre serán, los colores de Superman.